Era el día de Sant Joan. Nunca he sido amigo de verbenas por lo que no salí la que por aquí llaman la noche mágica. Tras despertarme pronto decidí que ya que no había tenido el valor de coger un tren y hacer unos cuantos cientos de kilómetros lo compensaría realizando uno de los caminos que de vez en cuando suelo hacer en solitario. Así que me tomé un café y agarré una pequeña mochila donde introduje algo de bebida, un poco de comida, mi fiel GPS y mi pequeña pero potente cámara de fotos que me suele acompañar a mis escapadas montañeras.
Cuando salí con el coche del garaje vi como despuntaba el día. Era un día extrañamente nublado y frío para las fechas que estábamos, este año parece que el verano se está resistiendo a llegar. Las calles de la ciudad estaban vacías y silenciosas tras la locura de petardos, cohetes y olor a pólvora de la noche anterior. Conduje unos cuantos kilómetros hasta el punto de salida de mi excursión. Iba a llegar hasta La Mola desde el coll d'Estenalles. Tras aparcar, preparé mi bastón, me colgué a la espalda la mochila y al cuello el GPS y la cámara de fotos. Encendí el GPS y empecé a andar despacio mientras el aparato reconocía a los satélites para poder empezar a situarse. Es curioso lo poco que tarda ese pequeño cachivache en saber dónde está cuando nosotros necesitamos casi toda nuestra existencia para saber en que punto de nuestra vida nos encontramos. Cuando ya estuvo preparado inicié la marcha por el empinado camino asfaltado que lleva desde el centro de información hasta el inicio de la subida al Montcau. Ese camino es capaz de amedrentar a cualquiera debido a la fuerte inclinación que tiene, pero yo estaba decidido a subirlo y el esfuerzo me ayudó a entrar en calor pues hacía bastante frío y sólo llevaba una camiseta.
Una vez superada la fuerte cuesta el camino se vuelve plano, un tanto aburrido. Además el cielo amenazaba lluvia por lo que por un momento pasó por mi mente darme la vuelta, pero algo consiguió que no lo hiciera. No se si fue la soledad del camino, los cantos de los pájaros que competían entre ellos para hacerse oir entre las ramas de los árboles o los latidos de mi corazón que retumbaban en mis tímpanos tras el esfuerzo de la subida los que me hicieron continuar. El camino semi-asfaltado termina en el Coll d'Eres y allí empieza el camino de tierra que discurre entre los árboles hasta La Mola. Iba a buen paso disfrutando del paseo entre encinas, robles, pinos y algún que otro madroño. Podía escuchar el trino de algún pájaro, el hociquear de un jabalí que me acompañó durante un rato y lo principal podía oir el silencio y con el mis pensamientos.
En estas llegué a un cruce que disparó mi mente. Ese cruce me hizo pensar en lo parecido que es el camino a la vida. En ese cruce había dos caminos a tomar. Uno más ancho, llano y utilizado y el otro más agreste, salvaje, estrecho, empinado y poco transitado. En ese momento decides que camino tomar, el que parece más claro porque es el que ha usado más la gente o el otro que no sabes a donde te lleva. En la vida pasa algo parecido a veces tomamos el camino que la tradición, las costumbres o la rutina nos aconseja porque es más llano, más transitado en lugar de tomar el camino que en principio parece más difícil pero que por el contrario nos puede aportar más emociones.
Hay una diferencia entre los caminos y la vida. Los caminos siempre tienen un destino, una meta y se pueden recorrer en ambos sentidos. Siempre podemos darnos la vuelta y volver al punto de origen. En la vida eso no es así, no hay una meta en concreto, cada día que vivimos es una meta conseguida y no tenemos vuelta atrás. No podemos volver al punto de origen, ni deshacer lo andado ya que a cada paso que damos el camino se va creando ante nosotros y es un camino nuevo lleno de cruces y bifurcaciones. Es ese recorrido nos vamos encontramos con otras personas que en un momento dado su camino se cruza con el nuestro. En algunos momentos ocurre que nuestros caminos se unen y discurren juntos y durante esos instantes podemos disfrutar de compañía, de alguien que nos ayuda si nos tropezamos, que nos ilumina cuando lo vemos todo oscuro o nos da un empujón cuando nos bloqueamos y no sabemos seguir adelante. Durante el trayecto de nuestra vida perdemos por el camino a personas muy importantes y eso nos desorienta pero hay que seguir adelante (el sentido no es importante porque el camino se crea ante nosotros), no debemos evitar los cruces con otras vidas ya que lo importante no es la distancia recorrida sino el tiempo que hemos conseguido hacer el camino acompañados.
Con todo ese maremágnum de pensamientos y emociones llegué a la cima de La Mola. Allí sentado junto a los muros del monasterio puede observar la maravillosa vista que me rodeaba. Descansé, repuse fuerzas con la comida y bebida que llevaba en la mochila y tome el camino de vuelta. Esta vez simplemente disfruté de la caminata.