martes, 24 de junio de 2014

El mar de tu alfombra

Era un día de primavera, pero no era un día normal. Era el día en que abriste la puerta de tus dominios. El día en que podría conocer los rincones donde te refugias, donde dejas ir tus emociones, donde eres invencible pero a la vez vulnerable.

Viajé, más bien volé,  hasta las puertas de tu reino, con el corazón henchido de ilusión y a la vez encogido por miedos estúpidos. Por el camino en mi mente se agolpaban las palabras que iba a decirte, entrenaba mis gestos para que fuesen lo más naturalmente entrenados posible. 

Por fin llegué a tu puerta y casi sin espera tras mi llamada nerviosa y ruborizada abriste la puerta. Todo lo ensayado se vaporizó de mi mente en cuanto me saludaste y posaste tus labios sobre mi mejilla. Entré en tu mundo totalmente abrumado por las sensaciones, intentando recopilar todos los colores, las fragancias y las texturas de lo que era una gran parte de ti, como si con ello pudiese adquirir un poco de tu esencia y llevármela conmigo cuando me fuese.

Me encontré con el mar mullido y suave de tu alfombra arrebolada. Había soñado con ese mar sanguíneo, bordeado por los acantilados que formaba el sofá que se alzaban inexpugnables, con sumergirme en él a tu lado, y ahora lo tenía delante de mi y no me atrevía ni tan siquiera a introducir mis pies pensando que pisar su textura sería como profanar un lugar sagrado. En ese momento llegaste a mi lado batiendo tus coloridas alas de mariposa. Te posaste delicadamente sobre una de las para mi inexpugnables rocas del sofá y me arrastraste hasta tu lado.

En ese momento las palabras ya no tenían sentido. Mis palabras no salían de mi boca pero noté como con tu silencio entendías todas mis emociones. Me dabas energía y, a la vez tu bebías de mi silencio. Tus siempre esquivos ojos se centraron en los míos, penetrando en ellos hasta llegar a lo más profundo de mi alma y en ese punto mi espíritu se unió al tuyo.

Hiciste descansar mi cabeza en tu pecho. Empecé a escuchar los latidos de tu corazón y me abracé a ellos mientras tu respiración me acunaba suavemente. El tiempo dejó de tener sentido solo venía marcado por los pálpitos de tu corazón. El espacio silencioso entre ellos lo aprovechabas para hacerme viajar a todos los mundos que se esconden en ese mar inmenso de tu vida.

Ese silencio roto por cada nuevo bombeo conseguía que mi corazón se armonizase con el tuyo. Enseguida creaste en mi el deseo, el ansia de notar el siguiente golpe en tu pecho, mientras éste seguía subiendo y bajando como las olas de un mar tranquilo y sereno. Anhelo el momento de la siguiente explosión vital. Noto como llega, como mi corazón se prepara para darle la réplica y en ese momento suspiro de felicidad y de alegría por sentir que compartimos un momento de vida.  

De repente me veo ante tu puerta, a punto de pulsar el timbre, mi mente ha vuelto a voltearme. Mi dedo aprieta el pulsador y tú apareces en la puerta. Me saludas con un "Hola bitxet!!". Me das un beso en la mejilla y en ese momento se que mi corazón sigue sincronizado con el tuyo.