Era una fría mañana de esa semana de entre fiestas que va desde Año Nuevo a Reyes. Eramos pocos los que viajábamos en el tren cada uno ensimismado en nuestros propios pensamientos intentando eliminar el velo del sueño, todavía reciente, que enturbiaba los sentidos.
Al llegar a Barcelona, por alguna razón, esperaba que el día hubiese despuntado ya. Recordaba que el día anterior el cielo presentaba una gama de colores que iban del rosa pálido al azul turquesa, pero por el contrario hoy estaba particularmente oscuro. Tan sólo unas pocas estrellas podían romper el muro de luz del alumbrado público y tililaban frías entre jirones de nubes. La sonrisa de la luna menguante se asomaba entre el velo de esas nubes iluminándolas como si fuesen cortinas de una casa encantada que se mecían con el viento.
La ciudad estaba extrañamente silenciosa. Ni tan siquiera un taxi o un autobús rompía el silencio. El kioskero colocaba los periódicos en ordenadas pilas delante de las hileras de revistas mientras un somnoliento barrendero apilaba las hojas caídas en un pequeño montón amarillento. Inmerso en ese extraño silencio empecé a escuchar el canto de un pájaro. Era un trino irregular, sin ningún tipo de armonía, pero por el contrario no era desagradable. Ningún otro canto le respondía, ni tan siquiera se oían a las estridentes gaviotas que solían pernoctar en el brazo de una de las grúas de una obra próxima. Pero ese pájaro solitario no se desanimaba, seguía emitiendo su desacompasada melodía a ese cielo oscuro. En un día normal ni tan siquiera se escucharía, asfixiado por el sonido de decenas de neumáticos rotando el asfalto y el gruñido de motores que arrastran a los coches como caballos desbocados hasta el próximo semáforo en rojo. ¿Qué empujaba a esa criatura a seguir cantando? Nada le importaba, sabía que lo que estaba haciendo era lo correcto. No importaba que su canto fuese agradable, ni que el destinatario del mensaje que emitía pudiese oírlo entre la ensordecedora respiración de la ciudad. Hacía lo que quería hacer sin pensar en que pensáramos los demás.
A partir de esa fría mañana de entre fiestas cada vez que no hago alguna cosa por pensar que no va a gustar, que intento cambiar algo para que sea agradable al resto pienso en ese humilde pájaro y a partir de ese momento intento hacer las cosas que quiero hacer y sin pensar en cambiarlas solamente porque crea que no van a gustar. Una amiga reciente me hizo ver ésto mismo por lo que creo que el canto de aquél pájaro era ella gritándole a mi mente para que despertara.
jueves, 31 de enero de 2013
lunes, 14 de enero de 2013
El ciclo de la Historia
Hace unos pocos años que he comenzado una nueva afición que me lleva a caminar por los senderos más diversos. Esta afición me ha hecho descubrir paisajes increíbles tan cercanos a nuestras casas que me han sorprendido gratamente. A estos lugares se suele llegar tras una larga caminata en muchas ocasiones con una pendiente respetable que hace que mis quilos de más lancen a mi corazón a velocidades disparatadas y mi respiración se parezca más a una locomotora de vapor arrastrando cientos de vagones de mercancías. Pero por otro lado también me ha llevado a lugares ocultos cerca de nuestras viviendas. Hace unos días llegué a un parque cerca de mi casa y tras un rato de paseo me senté en un banco.
En estos lugares las nuevas estructuras luchan unas contra otras, empujándose vivamente, intentando ahogar entre gritos de cristal, ladrillo y hormigón las viejas piedras que en realidad forman parte más íntima de nuestro ser. Vivimos tras vidrio y cemento pero nuestras raíces siguen hundidas en los cimientos de la Historia. Me fascinan estos lugares donde, por alguna razón que se me escapa, los humanos hemos estado arremolinados desde nuestro días más lejanos. Sentado en el banco de este parque, viendo jugar a nuestros niños me vuela la imaginación miles de años atrás y veo a los hijos de aquellos hombres jugando de forma parecida. Han cambiado las indumentarias, los peinados o las herramientas que utilizamos, pero nuestra mentalidad ha cambiado poco. Seguimos haciendo lo posible para que nuestros hijos crezcan sanos y felices, intentamos buscar la felicidad, el amor, la prosperidad y lo seguimos haciendo aferrados a la misma tierra sin recabar en que seguimos repitiendo una y otra vez el ciclo de la Historia.
En estos lugares las nuevas estructuras luchan unas contra otras, empujándose vivamente, intentando ahogar entre gritos de cristal, ladrillo y hormigón las viejas piedras que en realidad forman parte más íntima de nuestro ser. Vivimos tras vidrio y cemento pero nuestras raíces siguen hundidas en los cimientos de la Historia. Me fascinan estos lugares donde, por alguna razón que se me escapa, los humanos hemos estado arremolinados desde nuestro días más lejanos. Sentado en el banco de este parque, viendo jugar a nuestros niños me vuela la imaginación miles de años atrás y veo a los hijos de aquellos hombres jugando de forma parecida. Han cambiado las indumentarias, los peinados o las herramientas que utilizamos, pero nuestra mentalidad ha cambiado poco. Seguimos haciendo lo posible para que nuestros hijos crezcan sanos y felices, intentamos buscar la felicidad, el amor, la prosperidad y lo seguimos haciendo aferrados a la misma tierra sin recabar en que seguimos repitiendo una y otra vez el ciclo de la Historia.
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