jueves, 31 de enero de 2013

Canto a una ciudad silenciosa

Era una fría mañana de esa semana de entre fiestas que va desde Año Nuevo a Reyes. Eramos pocos los que viajábamos en el tren cada uno ensimismado en nuestros propios pensamientos intentando eliminar el velo del sueño, todavía reciente, que enturbiaba los sentidos.

Al llegar a Barcelona, por alguna razón, esperaba que el día hubiese despuntado ya. Recordaba que el día anterior el cielo presentaba una gama de colores que iban del rosa pálido al azul turquesa, pero por el contrario hoy estaba particularmente oscuro. Tan sólo unas pocas estrellas podían romper el muro de luz del alumbrado público y tililaban frías entre jirones de nubes. La sonrisa de la luna menguante se asomaba entre el velo de esas nubes iluminándolas como si fuesen cortinas de una casa encantada que se mecían con el viento.

La ciudad estaba extrañamente silenciosa. Ni tan siquiera un taxi o un autobús rompía el silencio. El kioskero  colocaba los periódicos en ordenadas pilas delante de las hileras de revistas mientras un somnoliento barrendero apilaba las hojas caídas en un pequeño montón amarillento. Inmerso en ese extraño silencio empecé a escuchar el canto de un pájaro. Era un trino irregular, sin ningún tipo de armonía, pero por el contrario no era desagradable. Ningún otro canto le respondía, ni tan siquiera se oían a las estridentes gaviotas que solían pernoctar en el brazo de una de las grúas de una obra próxima. Pero ese pájaro solitario no se desanimaba, seguía emitiendo su desacompasada melodía a ese cielo oscuro. En un día normal ni tan siquiera se escucharía, asfixiado por el sonido de decenas de neumáticos rotando el asfalto y el gruñido de motores que arrastran a los coches como caballos desbocados hasta el próximo semáforo en rojo. ¿Qué empujaba a esa criatura a seguir cantando? Nada le importaba, sabía que lo que estaba haciendo era lo correcto. No importaba que su canto fuese agradable, ni que el destinatario del mensaje que emitía pudiese oírlo entre la ensordecedora respiración de la ciudad. Hacía lo que quería hacer sin pensar en que pensáramos los demás.

A partir de esa fría mañana de entre fiestas cada vez que no hago alguna cosa por pensar que no va a gustar, que intento cambiar algo para que sea agradable al resto pienso en ese humilde pájaro y a partir de ese momento intento hacer las cosas que quiero hacer y sin pensar en cambiarlas solamente porque crea que no van a gustar. Una amiga reciente me hizo ver ésto mismo por lo que creo que el canto de aquél pájaro era ella gritándole a mi mente para que despertara.

2 comentarios:

  1. Un amigo me mandó una vez un enlace a Youtube con el canto de una alondra. Me resultó particularmente curioso que, en el mundo de ruido en que vivimos, alguien se acordara de cómo cantan los pájaros de forma natural.
    Quizás tu no lo sepas aún...pero tu trino se parece mucho al de un ruiseñor.
    Please; sigue escribiendo...me gusta mucho esta melodía.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Si no hubiese sido por tus ánimos no hubiese empezado a publicarlo. Intentaré seguir escribiendo lo mejor que pueda

      Eliminar