lunes, 29 de abril de 2013

Una tarde de Sant Jordi

Acudía a la llamada de mi princesa que estaba retenida en la cueva de un infame dragón que la mantenía encerrada entre toneladas de lo que para él eran preciados tesoros.

Al llegar a la ciudad una horda ingente de las más variopintas criaturas conjuradas por la magia del dragón me impedían el paso. No me atacaban pero hacían lo imposible por evitar que llegase al lugar donde el malévolo dragón mantenía encerrada a mi adorada princesa. Cientos de empujones, esquives y acelerones del paso me permitieron ir ganando terreno y conseguí ir remontando la antigua rambla plagada ahora de árboles, refugios improvisado y tenderetes de las más diversas mercancías donde las criaturas se quedaban como extasiadas haciéndome casi imposible el avance.

Mientras luchaba contra las criaturas me di cuenta de lo difícil que me sería combatir al dragón simplemente con mis manos desnudas. La bestia no iba a contentarse con quedarse embobada delante de los tenderetes o dándome unos cuantos empujones. Utilizaría todo lo que su demoníaca naturaleza le había proporcionado: unas fauces enormes plagadas de dientes afilados como espadas, una piel escamosa, dura como el diamante y un aliento ardiente como el mismo infierno. Recordé que cerca existía la fragua de un famoso armero por lo que me desvié de mi destino principal y tomé varios caminos laterales que, aunque también estaban plagados de criaturas, me llevaban hasta la pequeña armería. El tiempo apremiaba y las criaturas lo sabían, hacían lo posible para crear auténticos tapones de carne que tras bastante esfuerzo logré superar. Llegué a la pequeña herrería, estaba llena a rebosar de las más variadas armas a cual más fantástica. No podía pasar demasiado tiempo comprobándolas todas por lo que al final me dejé aconsejar por el anciano armero. Puso en mis manos una hermosa espada en cuya empuñadura brillaban tres gemas: un rutilante rubí en la cruz de la empuñadura y dos zafiros, uno azul como el mar y uno dorado como el oro, en los extremos del guardamanos. La hoja era brillante y estaba tan afilada que podía cortar un papel simplemente apoyando el peso de la espada. No lo pensé más y le dí las monedas que me pidió sin pararme a regatear el precio como hubiese hecho en otro momento. Asimismo me hice con un escudo que el armero me aseguró que había pertenecido a un gran caballero y que lo tenía colgado en una panoplia junto a la chimenea de su biblioteca.

Ya pertrechado me dirigí lo más rápido posible hacia la gruta del dragón. El tiempo apremiaba ya que el dragón pronto despertaría y devoraría a mi amada princesa. Los caminos laterales me permitieron avanzar muy rápido pero al llegar a la entrada de la cueva una auténtica muchedumbre se agolpaba ante la entrada. No quería usar mi nueva espada contra esas criaturas ya que eran marionetas de la magia del dragón. Poco a poco gracias al escudo pude ir acercándome a la entrada. Mientras luchaba contra el muro que formaban las criaturas gritaba el nombre de mi princesa con la esperanza de que me oyese y le diese fuerzas. Por suerte mis gritos dieron su fruto y cuando estaba llegando a la entrada de la guarida apareció la figura de mi bella princesa que había aprovechado que la bestia dormía para escapar. Pero desgraciadamente tras ella apareció la inmunda cabeza del dragón.

A cada paso que daba la bestia el suelo temblaba. Pude apartar a la princesa justo en el momento que del interior del dragón surgía una llamarada acompañada de un fragor infernal. Un chorro de fuego líquido salió de las fauces del dragón pero el escudo paró el envite abrasador. El calor era insoportable tanto que creí que el escudo se fundiría en mis manos pero no fue así y resistió. Pude desenvainar mi espada y al verla pude notar un atisbo de terror en los ojos de la bestia. No era por mí, eso lo tenia claro, pero aún estaba más claro que ya la había visto en otra ocasión y que le aterraba lo que el filo de ese arma podía llegar a hacer. Ese recuerdo para mi desgracia hizo enfurecer al dragón y se lanzó hacia mí dando dentelladas con sus inmensas fauces a diestro y siniestro. A duras penas pude esquivarlas cuando me atacaba con su larga cola. De un coletazo que me quitó todo el aliento me lanzó a varios metros y desplegando sus alas se lanzó sobre mi a rematar el trabajo. Al agitar las alas pude observar que en el pecho del animal había una grieta en sus escamas. Era la cicatriz de una antigua herida y en ella no había vuelto a crecer la piel escamosa dura como el acero.

La bestia se lanzó en picado hacia mi y no lo dudé. Aproveché el poco aliento que me quedaba para sujetar la espada con todas mis fuerzas que fue a clavarse en el hueco formado por la cicatriz en la cota de escamas que formaba la piel del dragón mientras éste caía sobre mi. Un grito aterrador surgió de su garganta en el momento que por un motivo que desconozco estallaba en mil pedazos envueltos en chispas y volutas de humo. En ese instante me desmayé.

Al despertar todo había cambiado. A mi lado el rostro conocido de mi princesa que sujetaba mi mano y estábamos rodeados de gente que se movía entre paradas llenas de libros y de tenderetes donde unas jóvenes vendían rosas. En el suelo junto a mi brazo se hallaba un gran libro que trataba de heráldica y escudos de armas. En mi otra mano tenía tres rosas, una roja como el rubí, otra azul como el mar y otra amarilla como el oro. Miré a mi alrededor buscando al dragón desesperadamente, no podía haber desaparecido una bestia tan enorme. Pero lo único que pude ver fue un edificio cuyas ventanas estaban formadas por los huesos y partes de la mandíbula y cráneo de lo que parecía una bestia y cuya fachada estaba formada por las escamas de lo que antes fue la piel de un dragón.

Le di las tres rosas a mi princesa querida y nos fuimos paseando entre la multitud.









jueves, 4 de abril de 2013

Un cuerpo bajo la lluvia

Era una lluviosa y fría mañana de marzo. Mientras tomaba un simple desayuno en el restaurante del hospital donde últimamente ha transcurrido mi vida, resguardado tras los grandes ventanales miraba como la lluvia caía generosamente sobre la terraza. Era una lluvia fina pero abundante de la que se dice que es beneficiosa para la tierra, que cuando la vemos caer mientras estamos en un lugar agradable nos reporta cierta sensación de paz y de nostalgia pero que si nos alcanza cuando estamos desprotegidos, ya sea física o mentalmente, podemos llegar a odiar.

Mi vista recorrió toda la terraza viendo como las gotas salpicaban en los numerosos charcos que se habían formado en el suelo hasta que fue a posarse sobre un diminuto bulto que reposaba sobre una baldosa empapada. El bulto no era más que el pequeño cuerpo de un gorrión muerto sobre cuyas plumas refulgían como diamantes pequeñas gotas de agua. Al ver ese pequeño cuerpo inmóvil en el suelo mojado me hizo pensar en la fragilidad de la vida y de la importancia que se le da dependiendo del ser que la pierde. A aquel pobre gorrión nadie le lloraba, nadie le velaba, ni procuraba que su cuerpo no se mojase, ni tan siquiera otros gorriones que revoloteaban bajo la lluvia en los árboles cercanos que hasta posiblemente fuesen familiares suyos. A los humanos la evolución o dependiendo de la religión de cada uno un cierto Dios nos ha dotado de unos sentimientos que no se hasta que punto son útiles. Cuando ese gorrión pasa a ser uno de nuestros seres queridos queda un hueco en nuestro interior que nada puede llenar, las emociones nos confunden y nos aturden y somos incapaces durante un tiempo de poder revolotear como hacían el resto de gorriones.

En estos momentos pienso que me gustaría ser uno de esos gorriones despreocupados del cuerpo sin vida de su compañero, que el dolor que se siente por la pérdida de alguien muy querido se diluyese con las gotas de lluvia, pero no es así y al final se tiene que asumir esa pérdida, hay recordar todos los momentos pasados sean buenos o malos y seguir adelante. Sólo podemos agradecer a los que nos quieren que nos ayudan a que el hueco que se ha formado dentro de uno se encoja y no llegue a devorarnos.