El parque atravesaba de norte a sur un buen trozo de la ciudad. Se había aprovechado el cauce de una riera que pasaba junto antiguas iglesias románicas y un castillo cartuja lo que le daba cierto aire de autenticidad.
Mientras bajaba las escaleras de peldaños inmensamente incómodos sus sentidos se dejaron llevar por las sensaciones que le rodeaban. Los árboles tenían un aire un tanto misterioso a la luz de un atardecer filtrada por las nubes de lluvia. Las hojas amarillas destacaban como si fuesen de pan de oro junto aquellas otras de un color verde rabioso que todavía no se habían dado cuenta que el otoño hacía ya tiempo que había hecho acto de aparición en el calendario y se resistían a abandonar su traje veraniego agarradas con frenesí a las ramas que las sujetaban. El suelo refulgía como un espejo reflejando las luces de las escasas farolas que se iban encendiendo según la tarde iba cayendo. Tapado escasamente con un desvencijado paraguas iba recibiendo salpicones de lluvia por los diversos agujeros que la tela del paraguas tenía por varios sitios. El agua que recibía en la cara y las manos le hizo tomar la decisión de cerrar el paraguas y recibir esa lluvia directamente y así lo hizo. Al principio el frescor de las gotas le provocaron un escalofrío pero enseguida se habituó.
Siguió andando parque abajo y ahora pudo oír la lluvia como repiqueteaba sobre las hojas caídas que se arremolinaban en montones amarillos, marrones y rojizos que destacaban sobre el verde césped. Se escuchaba el canto de la antigua riera con más agua de lo que está habituada normalmente. El sonido de un desagüe roto que provenía de uno de los puentes que cruzan el parque. El aire húmedo era en cierto modo reconfortante ya que no era frío y venía cargado de olores. Olor a tierra empapada, a hierba húmeda, a madera. Cuando pasó cerca de ciertas plantas la lluvia al golpearlas les arrancaba olor a espliego, a romero y a tomillo. Esos olores y sonidos le transportaron a su niñez cuando los días de lluvia su madre le ponía las botas de agua y se pasaba todo el camino chapoteando en todos los charcos que había en la pequeña acequia de desagüe que iba junto a la carretera que le llevaba hasta el colegio.
Subió el empinado caminito que le sacaba del parque y volvió a la carretera, a la ciudad. Allí volvió a abrir el paraguas para mezclarse de nuevo con la gente que deambulaba por las calles. El asfalto reflejaba las luces rojas, verdes y amarillas, esta vez no de las hojas, sino de los semáforos. Los faros de los coches le mostraron que la lluvia había arreciado y no se había dado ni cuenta. Ya no se oían los sonidos del agua al correo golpear las hojas, sólo el ruido de los neumáticos que levantaban nubes de gotas sucias tras los coches.
Tras un corto recorrido por las aceras empapadas llegó a casa, dejó el desvencijado paraguas en el lavabo para que se secara, sacudió el agua del abrigo y se sentó junto a la ventana mientras veía caer esta lluvia de noviembre.





