domingo, 17 de noviembre de 2013

Lluvia de noviembre

Regresaba a casa tras la visita familiar rutinaria. Había sido un día gris, plomizo, con lluvia intermitente pero que en ese momento se mantenía firme. Al salir de la estación de tren decidió ir a través del parque que cruza la ciudad para hacer parte del recorrido hasta su casa por un lugar tranquilo.

El parque atravesaba de norte a sur un buen trozo de la ciudad. Se había aprovechado el cauce de una riera que pasaba junto antiguas iglesias románicas y un castillo cartuja lo que le daba cierto aire de autenticidad.

Mientras bajaba las escaleras de peldaños inmensamente incómodos sus sentidos se dejaron llevar por las sensaciones que le rodeaban. Los árboles tenían un aire un tanto misterioso a la luz de un atardecer filtrada por las nubes de lluvia. Las hojas amarillas destacaban como si fuesen de pan de oro junto aquellas otras de un color verde rabioso que todavía no se habían dado cuenta que el otoño hacía ya tiempo que había hecho acto de aparición en el calendario y se resistían a abandonar su traje veraniego agarradas con frenesí a las ramas que las sujetaban. El suelo refulgía como un espejo reflejando las luces de las escasas farolas que se iban encendiendo según la tarde iba cayendo. Tapado escasamente con un desvencijado paraguas iba recibiendo salpicones de lluvia por los diversos agujeros que la tela del paraguas tenía por varios sitios.  El agua que recibía en la cara y las manos le hizo tomar la decisión de cerrar el paraguas y recibir esa lluvia directamente y así lo hizo. Al principio el frescor de las gotas le provocaron un escalofrío pero enseguida se habituó.

Siguió andando parque abajo y ahora pudo oír la lluvia como repiqueteaba sobre las hojas caídas que se arremolinaban en montones amarillos, marrones y rojizos que destacaban sobre el verde césped. Se escuchaba el canto de la antigua riera con más agua de lo que está habituada normalmente. El sonido de un desagüe roto que provenía de uno de los puentes que cruzan el parque. El aire húmedo era en cierto modo reconfortante ya que no era frío y venía cargado de olores. Olor a tierra empapada, a hierba húmeda, a madera. Cuando pasó cerca de ciertas plantas la lluvia al golpearlas les arrancaba olor a espliego, a romero y a tomillo. Esos olores y sonidos le transportaron a su niñez cuando los días de lluvia su madre le ponía las botas de agua y se pasaba todo el camino chapoteando en todos los charcos que había en la pequeña acequia de desagüe que iba junto a la carretera que le llevaba hasta el colegio.

Subió el empinado caminito que le sacaba del parque y volvió a la carretera, a la ciudad. Allí volvió a abrir el paraguas para mezclarse de nuevo con la gente que deambulaba por las calles. El asfalto reflejaba las luces rojas, verdes y amarillas, esta vez no de las hojas, sino de los semáforos. Los faros de los coches le mostraron que la lluvia había arreciado y no se había dado ni cuenta. Ya no se oían los sonidos del agua al correo golpear las hojas, sólo el ruido de los neumáticos que levantaban nubes de gotas sucias tras los coches.

Tras un corto recorrido por las aceras empapadas llegó a casa, dejó el desvencijado paraguas en el lavabo para que se secara, sacudió el agua del abrigo y se sentó junto a la ventana mientras veía caer esta lluvia de noviembre.


miércoles, 16 de octubre de 2013

El hada de mis sueños

Hace casi un año que conocí a una hada. No sé que es lo que le llamó la atención de mi pero fue un instante mágico robado al tiempo en que cruzamos nuestras existencias, un momento fugaz durante el cual compartimos una conversación trivial, miradas esquivas y alguna que otra risa nerviosa.

Ese día, que era un tanto especial para ese hada maravillosa ya que cumplía años, se convirtió para mi en una nueva aventura llena de misterio, de alegrías, de ilusiones. Poco a poco, casi de puntillas, se ha ido ganando un lugar en mi mente, en mi corazón y en mi alma. Se ha ido introduciendo en los recovecos de mi espíritu y en tan poco tiempo ha conseguido conocerme mejor de lo que yo me conozco a mi mismo. Logró ayudarme a talar los árboles que no me dejaban ver el bosque, a secar mis lágrimas cuando éstas salían a borbotones, a ser optimista, a valorar lo que tengo y lo que soy y a ser yo mismo piensen lo que piensen los demás. En aquel momento lanzó sobre mi su polvo de hada y ya nada conseguirá que salga de mis pensamientos.

Espero que por mi parte haya conseguido también introducirme en sus sueños y en ese momento hacer que sonría, introducirme en sus pensamientos, en su vida. Que, de algún modo, haya logrado que sea menos "cargolina", que la ayude a cerrar viejas heridas de guerra emocional, que descubra nuevas cosas o que recupere viejas aficiones que tenía olvidadas ya sea a base de "secuestros" consentidos o de un bombardeo sistemático de propuestas algunas totalmente absurdas. Espero que algún día me invite a esas "vacaciones de si misma", viajar con ella al interior de su alma y poder ir a cumplir alguno de sus sueños que ahora también son los míos.

Ahora mi hada, mi brujilla, está pasando por una experiencia de las que desgarran el espíritu y lo dejan maltrecho. Como siempre trata de ser fuerte y firme como una roca, de controlar el caos, de planificar lo inesperado, de calmar a la tormenta. Sé firmemente que ella sabe que si se tambalea puede apoyarse en mi, que podemos ordenar el caos juntos aunque yo sea un desordenado convulsivo, que podremos trazar nuevas rutas para evitar lo inesperado si se pierde, que tendrá mi paraguas para protegerse de la tormenta cuando se haya cansado de mojarse.  Cuando esta experiencia acabe sé que mi hada preciosa no será la misma, que será más fuerte y más sabia que antes y que no habrá perdido ni una pizca del poder mágico que me encantó hace ahora casi un año sino que su embrujo será todavía mayor.



And remember that I always love you.




miércoles, 9 de octubre de 2013

Laura si está

Tal día como hoy, hace ya cuatro años, había casi olvidado el sentimiento de alegría que te produce una buena noticia. Ese día, un simple mensaje en el móvil me informaba del acontecimiento; Laura había llegado a nuestras vidas.

Durante los cuatro años anteriores había tenido la enorme suerte de que mis amigos me dejasen compartir su alegría, sus miedos, sus preocupaciones, su esperanza tras el nacimiento de Alberto y de nuevo permitieron que volviera a sentir toda esa tormenta de emociones al nacer Laura pero aumentadas al pedirme poco tiempo antes que fuese su padrino.

Ese día fue muy especial. Durante los meses previos había notado tras pedirle a su madre permiso, rojo de vergüenza,  como se movía en su vientre. Al tomar torpemente en mis brazos a aquella criaturita y notar su calor hace que se te despierten instintos que creías no tener. Sientes la necesidad de proteger, de cuidar, de amar a esa personita que dormita en tus brazos.  Sólo puedo llegar a imaginar que es lo que sienten sus padres y sentir una sana envidia por dejarme experimentar, aunque sea una pincelada minúscula, de lo que supone tener un hijo.

Desde ese momento ya han pasado cuatro años. Cuatro años de "mamitis", en que conseguir un beso o un abrazo suyos fuese casi un milagro. Pero todo eso se desvanece cuando te da un enorme abrazo, te manda un beso por el teléfono, te explica que tiene un delfín que se llama como su novio o se ríe a carcajadas ante una tontería por mi parte. O cuando con un "¿Jugamos, tite?" consigue que te derritas y acabes tomando un café en la cocinita de juguete o dibujando torpemente un retrato de Dora la exploradora.

Este "post" es sólo para felicitarte Laura. Muuuuuchas felicidades de parte de tu "tite". Y también aprovecho para dar gracias a Jorge, a Natalia, a Alberto y a Laura por dejarme quererles. 

martes, 25 de junio de 2013

El camino

Era el día de Sant Joan. Nunca he sido amigo de verbenas por lo que no salí la que por aquí llaman la noche mágica. Tras despertarme pronto decidí que ya que no había tenido el valor de coger un tren y hacer unos cuantos cientos de kilómetros lo compensaría realizando uno de los caminos que de vez en cuando suelo hacer en solitario. Así que me tomé un café y agarré una pequeña mochila donde introduje algo de bebida, un poco de comida, mi fiel GPS y mi pequeña pero potente cámara de fotos que me suele acompañar a mis escapadas montañeras.

Cuando salí con el coche del garaje vi como despuntaba el día. Era un día extrañamente nublado y frío para las fechas que estábamos, este año parece que el verano se está resistiendo a llegar. Las calles de la ciudad estaban vacías y silenciosas tras la locura de petardos, cohetes y olor a pólvora de la noche anterior. Conduje unos cuantos kilómetros hasta el punto de salida de mi excursión. Iba a llegar hasta La Mola desde el coll d'Estenalles. Tras aparcar, preparé mi bastón, me colgué a la espalda la mochila y al cuello el GPS y la cámara de fotos. Encendí el GPS y empecé a andar despacio mientras el aparato reconocía a los satélites para poder empezar a situarse. Es curioso lo poco que tarda ese pequeño cachivache en saber dónde está cuando nosotros necesitamos casi toda nuestra existencia para saber en que punto de nuestra vida nos encontramos. Cuando ya estuvo preparado inicié la marcha por el empinado camino asfaltado que lleva desde el centro de información hasta el inicio de la subida al Montcau. Ese camino es capaz de amedrentar a cualquiera debido a la fuerte inclinación que tiene, pero yo estaba decidido a subirlo y el esfuerzo me ayudó a entrar en calor pues hacía bastante frío y sólo llevaba una camiseta.

Una vez superada la fuerte cuesta el camino se vuelve plano, un tanto aburrido. Además el cielo amenazaba lluvia por lo que por un momento pasó por mi mente darme la vuelta, pero algo consiguió que no lo hiciera. No se si fue la soledad del camino, los cantos de los pájaros que competían entre ellos para hacerse oir entre las ramas de los árboles o los latidos de mi corazón que retumbaban en mis tímpanos tras el esfuerzo de la subida los que me hicieron continuar. El camino semi-asfaltado termina en el Coll d'Eres y allí empieza el camino de tierra que discurre entre los árboles hasta La Mola. Iba a buen paso disfrutando del paseo entre encinas, robles, pinos y algún que otro madroño. Podía escuchar el trino de algún pájaro, el hociquear de un jabalí que me acompañó durante un rato y lo principal podía oir el silencio y con el mis pensamientos.

En estas llegué a un cruce que disparó mi mente. Ese cruce me hizo pensar en lo parecido que es el camino a la vida. En ese cruce había dos caminos a tomar. Uno más ancho, llano y utilizado y el otro más agreste, salvaje, estrecho, empinado y poco transitado. En ese momento decides que camino tomar, el que parece más claro porque es el que ha usado más la gente o el otro que no sabes a donde te lleva. En la vida pasa algo parecido a veces tomamos el camino que la tradición, las costumbres o la rutina nos aconseja porque es más llano, más transitado en lugar de tomar el camino que en principio parece más difícil pero que por el contrario nos puede aportar más emociones.

Hay una diferencia entre los caminos y la vida. Los caminos siempre tienen un destino, una meta y se pueden recorrer en ambos sentidos. Siempre podemos darnos la vuelta y volver al punto de origen. En la vida eso no es así, no hay una meta en concreto, cada día que vivimos es una meta conseguida y no tenemos vuelta atrás. No podemos volver al punto de origen, ni deshacer lo andado ya que a cada paso que damos el camino se va creando ante nosotros y es un camino nuevo lleno de cruces y bifurcaciones. Es ese recorrido nos vamos encontramos con otras personas que en un momento dado su camino se cruza con el nuestro. En algunos momentos ocurre que nuestros caminos se unen y discurren juntos y durante esos instantes podemos disfrutar de compañía, de alguien que nos ayuda si nos tropezamos, que nos ilumina cuando lo vemos todo oscuro o nos da un empujón cuando nos bloqueamos y no sabemos seguir adelante. Durante el trayecto de nuestra vida perdemos por el camino a personas muy importantes y eso nos desorienta pero hay que seguir adelante (el sentido no es importante porque el camino se crea ante nosotros), no debemos evitar los cruces con otras vidas ya que lo importante no es la distancia recorrida sino el tiempo que hemos conseguido hacer el camino acompañados.

Con todo ese maremágnum de pensamientos y emociones llegué a la cima de La Mola. Allí sentado junto a los muros del monasterio puede observar la maravillosa vista que me rodeaba. Descansé, repuse fuerzas con la comida y bebida que llevaba en la mochila y tome el camino de vuelta. Esta vez simplemente disfruté de la caminata.



lunes, 29 de abril de 2013

Una tarde de Sant Jordi

Acudía a la llamada de mi princesa que estaba retenida en la cueva de un infame dragón que la mantenía encerrada entre toneladas de lo que para él eran preciados tesoros.

Al llegar a la ciudad una horda ingente de las más variopintas criaturas conjuradas por la magia del dragón me impedían el paso. No me atacaban pero hacían lo imposible por evitar que llegase al lugar donde el malévolo dragón mantenía encerrada a mi adorada princesa. Cientos de empujones, esquives y acelerones del paso me permitieron ir ganando terreno y conseguí ir remontando la antigua rambla plagada ahora de árboles, refugios improvisado y tenderetes de las más diversas mercancías donde las criaturas se quedaban como extasiadas haciéndome casi imposible el avance.

Mientras luchaba contra las criaturas me di cuenta de lo difícil que me sería combatir al dragón simplemente con mis manos desnudas. La bestia no iba a contentarse con quedarse embobada delante de los tenderetes o dándome unos cuantos empujones. Utilizaría todo lo que su demoníaca naturaleza le había proporcionado: unas fauces enormes plagadas de dientes afilados como espadas, una piel escamosa, dura como el diamante y un aliento ardiente como el mismo infierno. Recordé que cerca existía la fragua de un famoso armero por lo que me desvié de mi destino principal y tomé varios caminos laterales que, aunque también estaban plagados de criaturas, me llevaban hasta la pequeña armería. El tiempo apremiaba y las criaturas lo sabían, hacían lo posible para crear auténticos tapones de carne que tras bastante esfuerzo logré superar. Llegué a la pequeña herrería, estaba llena a rebosar de las más variadas armas a cual más fantástica. No podía pasar demasiado tiempo comprobándolas todas por lo que al final me dejé aconsejar por el anciano armero. Puso en mis manos una hermosa espada en cuya empuñadura brillaban tres gemas: un rutilante rubí en la cruz de la empuñadura y dos zafiros, uno azul como el mar y uno dorado como el oro, en los extremos del guardamanos. La hoja era brillante y estaba tan afilada que podía cortar un papel simplemente apoyando el peso de la espada. No lo pensé más y le dí las monedas que me pidió sin pararme a regatear el precio como hubiese hecho en otro momento. Asimismo me hice con un escudo que el armero me aseguró que había pertenecido a un gran caballero y que lo tenía colgado en una panoplia junto a la chimenea de su biblioteca.

Ya pertrechado me dirigí lo más rápido posible hacia la gruta del dragón. El tiempo apremiaba ya que el dragón pronto despertaría y devoraría a mi amada princesa. Los caminos laterales me permitieron avanzar muy rápido pero al llegar a la entrada de la cueva una auténtica muchedumbre se agolpaba ante la entrada. No quería usar mi nueva espada contra esas criaturas ya que eran marionetas de la magia del dragón. Poco a poco gracias al escudo pude ir acercándome a la entrada. Mientras luchaba contra el muro que formaban las criaturas gritaba el nombre de mi princesa con la esperanza de que me oyese y le diese fuerzas. Por suerte mis gritos dieron su fruto y cuando estaba llegando a la entrada de la guarida apareció la figura de mi bella princesa que había aprovechado que la bestia dormía para escapar. Pero desgraciadamente tras ella apareció la inmunda cabeza del dragón.

A cada paso que daba la bestia el suelo temblaba. Pude apartar a la princesa justo en el momento que del interior del dragón surgía una llamarada acompañada de un fragor infernal. Un chorro de fuego líquido salió de las fauces del dragón pero el escudo paró el envite abrasador. El calor era insoportable tanto que creí que el escudo se fundiría en mis manos pero no fue así y resistió. Pude desenvainar mi espada y al verla pude notar un atisbo de terror en los ojos de la bestia. No era por mí, eso lo tenia claro, pero aún estaba más claro que ya la había visto en otra ocasión y que le aterraba lo que el filo de ese arma podía llegar a hacer. Ese recuerdo para mi desgracia hizo enfurecer al dragón y se lanzó hacia mí dando dentelladas con sus inmensas fauces a diestro y siniestro. A duras penas pude esquivarlas cuando me atacaba con su larga cola. De un coletazo que me quitó todo el aliento me lanzó a varios metros y desplegando sus alas se lanzó sobre mi a rematar el trabajo. Al agitar las alas pude observar que en el pecho del animal había una grieta en sus escamas. Era la cicatriz de una antigua herida y en ella no había vuelto a crecer la piel escamosa dura como el acero.

La bestia se lanzó en picado hacia mi y no lo dudé. Aproveché el poco aliento que me quedaba para sujetar la espada con todas mis fuerzas que fue a clavarse en el hueco formado por la cicatriz en la cota de escamas que formaba la piel del dragón mientras éste caía sobre mi. Un grito aterrador surgió de su garganta en el momento que por un motivo que desconozco estallaba en mil pedazos envueltos en chispas y volutas de humo. En ese instante me desmayé.

Al despertar todo había cambiado. A mi lado el rostro conocido de mi princesa que sujetaba mi mano y estábamos rodeados de gente que se movía entre paradas llenas de libros y de tenderetes donde unas jóvenes vendían rosas. En el suelo junto a mi brazo se hallaba un gran libro que trataba de heráldica y escudos de armas. En mi otra mano tenía tres rosas, una roja como el rubí, otra azul como el mar y otra amarilla como el oro. Miré a mi alrededor buscando al dragón desesperadamente, no podía haber desaparecido una bestia tan enorme. Pero lo único que pude ver fue un edificio cuyas ventanas estaban formadas por los huesos y partes de la mandíbula y cráneo de lo que parecía una bestia y cuya fachada estaba formada por las escamas de lo que antes fue la piel de un dragón.

Le di las tres rosas a mi princesa querida y nos fuimos paseando entre la multitud.









jueves, 4 de abril de 2013

Un cuerpo bajo la lluvia

Era una lluviosa y fría mañana de marzo. Mientras tomaba un simple desayuno en el restaurante del hospital donde últimamente ha transcurrido mi vida, resguardado tras los grandes ventanales miraba como la lluvia caía generosamente sobre la terraza. Era una lluvia fina pero abundante de la que se dice que es beneficiosa para la tierra, que cuando la vemos caer mientras estamos en un lugar agradable nos reporta cierta sensación de paz y de nostalgia pero que si nos alcanza cuando estamos desprotegidos, ya sea física o mentalmente, podemos llegar a odiar.

Mi vista recorrió toda la terraza viendo como las gotas salpicaban en los numerosos charcos que se habían formado en el suelo hasta que fue a posarse sobre un diminuto bulto que reposaba sobre una baldosa empapada. El bulto no era más que el pequeño cuerpo de un gorrión muerto sobre cuyas plumas refulgían como diamantes pequeñas gotas de agua. Al ver ese pequeño cuerpo inmóvil en el suelo mojado me hizo pensar en la fragilidad de la vida y de la importancia que se le da dependiendo del ser que la pierde. A aquel pobre gorrión nadie le lloraba, nadie le velaba, ni procuraba que su cuerpo no se mojase, ni tan siquiera otros gorriones que revoloteaban bajo la lluvia en los árboles cercanos que hasta posiblemente fuesen familiares suyos. A los humanos la evolución o dependiendo de la religión de cada uno un cierto Dios nos ha dotado de unos sentimientos que no se hasta que punto son útiles. Cuando ese gorrión pasa a ser uno de nuestros seres queridos queda un hueco en nuestro interior que nada puede llenar, las emociones nos confunden y nos aturden y somos incapaces durante un tiempo de poder revolotear como hacían el resto de gorriones.

En estos momentos pienso que me gustaría ser uno de esos gorriones despreocupados del cuerpo sin vida de su compañero, que el dolor que se siente por la pérdida de alguien muy querido se diluyese con las gotas de lluvia, pero no es así y al final se tiene que asumir esa pérdida, hay recordar todos los momentos pasados sean buenos o malos y seguir adelante. Sólo podemos agradecer a los que nos quieren que nos ayudan a que el hueco que se ha formado dentro de uno se encoja y no llegue a devorarnos.



miércoles, 6 de febrero de 2013

El archivador de mi vida

Últimamente veo mi vida como un gran archivador donde he ido guardando todas mis experiencias, emociones, recuerdos, pasiones y esperanzas. Es un archivador con grandes cajones, un tanto desordenado como no podría ser de otra forma y en algunos aspectos un tanto desvencijado.

Hay cajones que están cerrados hace mucho tiempo y por más que intento descubrir dónde está la llave no consigo recordarlo y esas experiencias quedan allí olvidadas.Hay otros que abro de vez en cuando para revisar su contenido y mantenerlo vivo. Por el contrario hay cajones que siempre se mantienen abiertos y su contenido siempre está actualizado, es mi día a día, pero al mismo tiempo suele ser información de poca importancia. En otros hay todo aquello que me hace feliz, los amigos que lo comparten todo conmigo, la risa de los pequeños cuando vienen corriendo a darme un abrazo, esa amiga que te llama "bichito" cada noche y te hace sonreir, conseguir llegar a la cima de una montaña y disfrutar del paisaje que se divisa desde allí; cientos de pequeñas cosas que me hacen sentirme vivo.

Pero también existen otros cajones que me gustaría que estuviesen cerrados, que creía que ya estaban completamente bloqueados pero que por desgracia se han abierto de golpe. Son cajones fríos, oscuros y en ellos se guardan los miedos, las inseguridades, los enfados y la rabia contenida. En ellos hay experiencias que no quería volver a repetir, que por más que intenten decirte que te hacen más fuerte en realidad no es así. Por más que pasas por ellas o la gente de tu entorno las sufre no te preparan para el dolor que llegas a sufrir, y no por más experimentarlas duele menos ni derramas menos lágrimas.

Ahora mismo sólo veo ese cajón como una enorme gruta oscura y sin fondo que intenta devorarme. Sólo quiero pensar en que el contenido de los cajones buenos consigan volver a cerrar la boca de esa cueva o que, como eso realmente es imposible, pues que eviten que pueda tragarme. Espero poder llenar los cajones de las buenas experiencias todo lo que pueda pero en estos días está siendo increíblemente difícil. 


jueves, 31 de enero de 2013

Canto a una ciudad silenciosa

Era una fría mañana de esa semana de entre fiestas que va desde Año Nuevo a Reyes. Eramos pocos los que viajábamos en el tren cada uno ensimismado en nuestros propios pensamientos intentando eliminar el velo del sueño, todavía reciente, que enturbiaba los sentidos.

Al llegar a Barcelona, por alguna razón, esperaba que el día hubiese despuntado ya. Recordaba que el día anterior el cielo presentaba una gama de colores que iban del rosa pálido al azul turquesa, pero por el contrario hoy estaba particularmente oscuro. Tan sólo unas pocas estrellas podían romper el muro de luz del alumbrado público y tililaban frías entre jirones de nubes. La sonrisa de la luna menguante se asomaba entre el velo de esas nubes iluminándolas como si fuesen cortinas de una casa encantada que se mecían con el viento.

La ciudad estaba extrañamente silenciosa. Ni tan siquiera un taxi o un autobús rompía el silencio. El kioskero  colocaba los periódicos en ordenadas pilas delante de las hileras de revistas mientras un somnoliento barrendero apilaba las hojas caídas en un pequeño montón amarillento. Inmerso en ese extraño silencio empecé a escuchar el canto de un pájaro. Era un trino irregular, sin ningún tipo de armonía, pero por el contrario no era desagradable. Ningún otro canto le respondía, ni tan siquiera se oían a las estridentes gaviotas que solían pernoctar en el brazo de una de las grúas de una obra próxima. Pero ese pájaro solitario no se desanimaba, seguía emitiendo su desacompasada melodía a ese cielo oscuro. En un día normal ni tan siquiera se escucharía, asfixiado por el sonido de decenas de neumáticos rotando el asfalto y el gruñido de motores que arrastran a los coches como caballos desbocados hasta el próximo semáforo en rojo. ¿Qué empujaba a esa criatura a seguir cantando? Nada le importaba, sabía que lo que estaba haciendo era lo correcto. No importaba que su canto fuese agradable, ni que el destinatario del mensaje que emitía pudiese oírlo entre la ensordecedora respiración de la ciudad. Hacía lo que quería hacer sin pensar en que pensáramos los demás.

A partir de esa fría mañana de entre fiestas cada vez que no hago alguna cosa por pensar que no va a gustar, que intento cambiar algo para que sea agradable al resto pienso en ese humilde pájaro y a partir de ese momento intento hacer las cosas que quiero hacer y sin pensar en cambiarlas solamente porque crea que no van a gustar. Una amiga reciente me hizo ver ésto mismo por lo que creo que el canto de aquél pájaro era ella gritándole a mi mente para que despertara.

lunes, 14 de enero de 2013

El ciclo de la Historia

Hace unos pocos años que he comenzado una nueva afición que me lleva a caminar por los senderos más diversos. Esta afición me ha hecho descubrir paisajes increíbles tan cercanos a nuestras casas que me han sorprendido gratamente. A estos lugares se suele llegar tras una larga caminata en muchas ocasiones con una pendiente respetable que hace que mis quilos de más lancen a mi corazón a velocidades disparatadas y mi respiración se parezca más a una locomotora de vapor arrastrando cientos de vagones de mercancías. Pero por otro lado también me ha llevado a lugares ocultos cerca de nuestras viviendas. Hace unos días llegué a un parque cerca de mi casa y tras un rato de paseo me senté en un banco.

En estos lugares las nuevas estructuras luchan unas contra otras, empujándose vivamente, intentando ahogar entre gritos de cristal, ladrillo y hormigón las viejas piedras que en realidad forman parte más íntima de nuestro ser. Vivimos tras vidrio y cemento pero nuestras raíces siguen hundidas en los cimientos de la Historia. Me fascinan estos lugares donde, por alguna razón que se me escapa, los humanos hemos estado arremolinados desde nuestro días más lejanos. Sentado en el banco de este parque, viendo jugar a nuestros niños me vuela la imaginación miles de años atrás y veo a los hijos de aquellos hombres jugando de forma parecida. Han cambiado las indumentarias, los peinados o las herramientas que utilizamos, pero nuestra mentalidad ha cambiado poco. Seguimos haciendo lo posible para que nuestros hijos crezcan sanos y felices, intentamos buscar la felicidad, el amor, la prosperidad y lo seguimos haciendo aferrados a la misma tierra sin recabar en que seguimos repitiendo una y otra vez el ciclo de la Historia.