miércoles, 19 de agosto de 2026

Tempus Fugit

 Cuando somos pequeños no tenemos conciencia del tiempo, sólo vivimos en un estado de aquí y ahora, centrados únicamente en el presente y nuestras necesidades. El tiempo no existe. 

 De repente, en nuestra adolescencia tenemos la sensación de que el tiempo es eterno y que no pasa lo suficientemente rápido, todo lo queremos ya y ahora. Todo lo que queremos hacer tiene cientos de normas que nos impiden o ralentizan lo que para nosotros debe de ser inmediato. Queremos ser ya adultos para poder hacer lo que en ese momento nos parece que es algo fascinante y poner nuestras propias normas. Y por otro lado ese tiempo casi eterno se nos va en un suspiro cuando hacemos  actividades que para nosotros son emocionantes.

 Entonces, sin darnos cuenta, ya somos adultos y todo lo que un par de años antes nos parecía que era lo mejor que nos podía pasar ya no es tan fascinante. Cada año que pasa nos parece que ha sido más corto que el anterior. Acabamos de celebrar las navidades y nos encontramos recogiendo los cachivaches de ir a la playa y oyendo en los centros comerciales esa machacona melodía de las canciones navideñas.  Tempus Fugit que decían los clásicos. El tiempo transcurre inexorablemente, huye de nosotros velozmente, y pasa sin detenerse para no volver, pero igualmente deja el regusto, unas veces amargo y otras dulce, de lo vivido. Sólo podemos detener ciertos instantes en nuestra memoria pero sin poder volver a vivirlos.

 Aunque todas las responsabilidades que nos echamos encima hacen que no pensemos demasiado en la relatividad del tiempo. Pero entonces la vida te recuerda, de la forma más brutal de la que es capaz, que nuestro tiempo es finito. Como aquel siervo que recordaba a los grandes generales romanos, cuando desfilaban victoriosos, las limitaciones de la naturaleza humana, con el fin de impedir que incurriese en la soberbia y pretendiese, a la manera de un dios omnipotente, usar su poder ignorando las limitaciones impuestas por la ley y la costumbre. Le susurraba al oído "Memento mori" (Recuerda que morirás) 

 Primero el tiempo te arrebata a tus padres. No sabes como, pero llega un momento en que ya no están a tu lado y ves lo implacable y cruel que puede llegar a ser el tiempo con las personas. Durante esos años te das cuenta que también han ido desapareciendo de tu alrededor otros familiares y amigos. A mi, este año, el tiempo se llevó a dos personas muy importantes. Mi hermano, el último eslabón del núcleo familiar, y una amiga muy querida. En ese momento te cae encima como una losa el entendimiento que tu vida tiene fecha de caducidad, que seguramente ya has vivido más años de los que te quedan por gastar. Echas la vista atrás y te arrepientes de todo el tiempo que has perdido o que, con la ventaja que te da el tiempo pasado, ese tiempo lo hubieses utilizado de otra forma.

 Ese vapuleo me dejó aturdido durante unos meses pero a la vez  me abrió la mente a decidir  no perder ni un instante más. Vivir todos los momentos como si fuese ese niño pequeño en el que el mañana no existe. Sólo hoy.  En el tiempo que me quede hasta que los párpados se cierren de nuevo voy a experimentar todo lo que venga; viajar, leer, oír música, reír, llorar, recordar, amar, en fin VIVIR.

 Tras entender que no se debe desperdiciar lo que se nos da,  la vida me ha querido ayudar introduciendo a una compañera en este parpadeo que es la vida. Una mujer llena de vida, hermosa, alegre, divertida y a la vez capaz de llorar conmigo cuando estoy triste. Pienso aprovechar cada momento que se me permita estar con ella y compartir las penas y alegrías que nos depare la vida. 

Tempus fugit sed volo vivere cum te

 (El tiempo vuela pero quiero vivirlo contigo).

 


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